Ella vivía sola en la calle del Sol. Todas las mañanas salía temprano del portal, marchaba rápida hasta el extremo de la calle y desaparecía al doblar la esquina. Regresaba por la tarde, algo más despacio, aunque no arrastraba los pies, el rostro ceniciento, los párpados hinchados, a veces una bolsa de la compra en la mano. Se acercaba a su portal, saludaba a los vecinos ociosos en la puerta del bar, y entraba. Si esperaban una hora o así, verían correr las cortinas del segundo piso, y aparecería ella fresca de la ducha que se acababa de dar, el pelo húmedo, vestida con una chaqueta de chándal. Se sentaba al lado de la ventana y miraba la gente pasar.
Él había llegado un día de repente. Y otro día, se marchó.
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